01b


El Verano

Ya ha estado en este lugar. Lo conoce, tanto, que podría dibujarlo con sus manos aunque le vendaran los ojos, podría pintar en el aire cada partícula de vértigo que le envuelve y le empuja hacia un abismo irremediable. Ya ha estado aquí antes, ya ha sentido el vacío en sus vísceras y el corazón querer estallar más allá de las aristas del cuerpo.

Es lo mismo. Como ocurre cada año en la viña.  <>

Por eso sabe que esta vez, aunque sea la primera, aunque llegue cuando él ya cumple el tercio de siglo, sí es amor. Porque ya conoce este vértigo. 

Daniela llegó con los ojos vendados para que la luz de la vida no le quemara por dentro. Él, jamás levantaba los suyos si no era para mirar si el cielo amenazaba tormenta. 

Debía estar al tanto de esto el destino porque aquel mes de agosto, de un zarpazo, dejó a Daniela sin trabajo y la colocó, maleta en mano, rumbo a un pueblo del Norte dispuesta a ganarse el jornal vendimiando. 

En sus viñas. 

Él vio una mujer que habitaba un cuerpo que tendría su mismo tercio de siglo, pero que jamás había sido joven. De sus ojos azules brotaba una historia de dolor y certezas que habían desgarrado su inocencia. De su pelo rizado, ni claro ni oscuro, recogido en una suerte de moño, se leía una sobria existencia. De su tez, teñida del color de los suelos yesos de Braulio, se adivinaban las lágrimas que ya no quedaban. De sus huesos, que las heridas que cubrían sus vendas eran dos bestias dispuestas  ingerir hasta el último rincón de su cuerpo. 

Ella vio un hombre fuerte, un hombre al que los cuévanos de uva, las cepas y las barricas habían hecho fuerte. Tenía los ojos oscuros, del color del Syrah a fuerza de tantos ancestros sobre aquellas tierras, decía su madre. Perfilados por unas pestañas espesas y largas. La tez coloreada de frío, sol y trabajo. El pelo recio, negro como el de su padre, ya anunciaba alguna cana para que no olvidara que la liviandad de los años pasados había quedado atrás, por más que se hubiera empeñado en exprimir la savia de su juventud hasta la última gota. 

Que Daniela no estaba dispuesta a quitarse las vendas que cubrían sus heridas, Braulio lo comprendió en cuanto escuchó sus primeros silencios. Daniela había ido a ganarse el pan, a ganarse la vida, y a nada más. Por eso, Braulio, cuando la miraba venía un racimo de blanco chardonnay entre una multitud de garnacha. No encajaba. No ahí. No entonces.

Daniela parecía haber decidido no tener patria, ni pasado, ni futuro. Tan solo presente, afilado, feroz y certero presente. 

Pero en él brotaba la vida como pintan los trigos de verde la Tierra, como cubre de blanco los montes la flor del almendro. Y sin poder explicarse cómo, se descubría organizando la cuadrilla para poder tener cerca a Daniela, apurando la tarde para poder pasar más tiempo junto a ella, inventando una excusa para poder llevarla a la pensión al terminar la jornada, aunque supiera que no mediarían palabra. Poco le importaba. Porque era tan grande el río de savia que le recorría por dentro que con saber que existía bastaba. 

De eso debía tratarse el amor —pensaba Braulio—. De que saber que existe, basta; de que saber que está, basta;  de que verla secarse el sudor de la frente con el antebrazo sin soltar el hocino, es suficiente;  de que verla mirar las montañas a la hora del almuerzo, es un regalo; de que sentir celos por esa llamada que hace cada día al parar a comer, es inaudito; de que querer adivinar y habitar su pasado, resulta una necesidad; de que imaginar que el dolor que ella siente es tan grande que prefiere vivir en silencio,  es helador;  de que ver una ligera mueca en sus labios con las bromas de la cuadrilla, es un alivio; de que comprender en ella que el cuerpo de una mujer no es más que el camino a su alma, no es más que el poder de la vida y de la creación, es una revelación que con cierta amargura le muestra quién fue y quien ha decidido no volver a ser. 

Pero si la savia de Braulio es un río que avanza sin freno, el tiempo es otro que hace lo propio pero en sentido contrario. Y para cuando quiere darse cuenta, se descubre perdido en un mar de emociones el día que la campaña ha llegado a su fin. 

Esta vez, esta campaña, poco le hubiera importado que las primeras nieves les hubieran encontrado cosechando racimos calcinados por el frío. Esta vez, solo le importa que mañana Daniela cerrará esa maleta que nunca terminó de deshacer, dejará la pensión, y a él sin señas ni mapa donde ir a buscarla. Y aunque sabe que es evidente y pueril, decide inaugurar la tradición de celebrar una cena por el final de dos meses de duras jornadas como excusa. Solo busca arañarle unas horas más al reloj, unas horas más junto a Daniela.

El porche de la bodega se convierte en un improvisado banquete. La noche es cálida, la uva está a salvo y los jornaleros están felices porque regresan con sus familias. Quien sabe bailar, baila; quien sabe cantar, canta; y quien no, da palmas al compás de las copas que brindan por el trabajo bien hecho. 

Daniela apenas se moja los labios ni prueba bocado. Está sentada junto al jornalero más viejo, le escucha y asiente; de vez en cuando le regala por cortesía una ligera sonrisa. 

Él, finge disfrutar de la fiesta, pero se sabe preso de una insólita melancolía. No puede evitar pensar en mañana. No concibe esas viñas sin que ella las habite, no imagina la bodega sin sus ojos azules. Sin ella, ese lugar dejará de ser el que fue y pasará a ser una cueva fría y oscura. Sin ella, no encuentra sentido a comenzar a probar los mostos mañana, ni pasado, ni nunca. 

Ya ha estado en este lugar. Conoce este vértigo. Conoce este miedo. Por eso sabe que esta vez sí es amor. Por eso deja su copa, se levanta, atraviesa el porche, y la coge de la mano sin mediar palabra.

Ella le sigue, sin soltarse. 

Avanzan hasta el camino que linda con el primer viñedo. Allí, un ciento de pasos más lejos, con las risas y los cánticos rompiendo el silencio en la distancia, con el resplandor de las luces de la fiesta eclipsado por  una de las últimas lunas del verano, con las luciérnagas volviendo del exilio,  Braulio se siente un niño en la fila de entrada de un colegio al que sus padres le han cambiado a mitad de curso. Desnudo, más desnudo de lo que jamás le haya visto ninguna  de sus amantes. Perdido, incapaz de adivinar qué espera Daniela, qué sueña Daniela, si es que todavía es capaz de soñar. 

Pero ya ha estado en este lugar. Lo conoce, tanto, que podría dibujarlo con sus manos aunque le vendaran los ojos, podría pintar en el aire cada partícula de vértigo que le envuelve y le empuja hacia un abismo irremediable. Ya ha estado aquí antes, ya ha sentido el vacío en sus vísceras y el corazón querer estallar más allá de las aristas del cuerpo. Es hoy, es ahora, ayer hubiera sido pronto y mañana será tarde.

—¿Dónde has estado hasta ahora? —Pregunta, por fin, después de dos meses.

—Tan lejos como me pediste —responde Daniela. 

—Fui un estúpido

—No sabes cuánto —sonríe serena. 

—Sí lo sé, lo he comprendido estos días, lo comprendo esta noche que si tú no lo remedias será la última —aclara él.

—No, no lo sabes —insiste.

—¿Qué quieres decir?

—Que cuando me marché no me fui sola. 

—¿…? —Lo intenta pero no se atreve a formular la pregunta.

—Sí, de ojos negros Syrah.