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Roma

Dejar de amar, es algo así como si a uno le arrancaran de raíz todas las cepas de su viña y las trasplantaran en otro lugar. Un día, llegas a la finca y descubres que donde antes la vida brotaba hasta los confines de la esperanza, ahora solo se divisa una inmensa llanura blanquecina y áspera. 

Sientes que tus sueños eran un tino con el mejor de tus vinos que alguien ha abierto en la noche y ha derramado mientras dormías. Así lo imaginas, litros y litros de intensa y colorida esperanza derramados por un sumidero en cuestión de segundos. Y aunque te agaches una y otra vez, aunque palpes con las manos lo que queda en el suelo y te lo lleves a la boca, ya no son tus sueños. Te han arrebatado el fuego que hacía vibrar tu corazón sin ni siquiera enterarte, te han dejado portando un cuerpo joven, unos brazos fuertes y unas piernas robustas pero el alma de un anciano abocado a acatar su yermo destino; y la rabia.  

Es ella la que mueve el agua que hace girar la rueda que te lleva a decidir, que a base de empeño harás burbujear de nuevo ese caldo anaranjado que es la esperanza.

Por eso sigues siendo el primero en llegar a la finca cada mañana. Pero si antes despertabas de un salto, ahora despiertas con dos losas sobre tus ojos y otra sobre tus espaldas. Por eso, mientras vendimias, cada vez que te concedes unos segundos para estirar los huesos, fijas la vista en las lindes de Las Almunietas, como las fijabas hace un tiempo, pero ahora, la idea de  comprar nuevas tierras no despierta el aleteo de ninguna mariposa en tu estómago. Por eso, cuando todos se marchan, te quedas a solas en la bodega, apagas todas las luces, abres las puertas y las ventanas para que las luciérnagas puedan venir a visitarte, y respiras los olores que son la esencia de lo que fuiste y de lo que deberías ser; pero ya no te sientes a salvo. 

El empeño no funciona en los asuntos del corazón. 

Ojalá, piensas, llegar a tu corazón y pedirle que latiera de nuevo por las viñas, por la bodega, por los vinos —por todo lo que latía antes—, fuera tan sencillo como descubrir la tierra que cubre las raíces de una cepa, como podar los sarmientos en invierno para que la savia encuentre fácil su destino en primavera. 

Por eso la rabia. 

Por eso mueves a patadas las barricas por la sala como si se tratara de bestias a las que doblegar. Por eso humillas a los jornaleros a los que antes llamabas familia. Por eso mientras todos los demás comen tú corres alrededor de la finca. Por eso las claras del día te encuentran despierto, mañana sí, mañana también. Por eso, y porque no hallas el modo de pedirle ayuda a tu madre, el modo de pedirle que te arranque esa hiena que te devora por dentro, lanzas dagas envenenadas contra ella en cuanto puedes. 

Todas son recibidas estoicamente por su corazón abnegado; menos una.

Una tarde, ella, Candela, lleva en una carreta algunos cientos de botellas de Andrés. Suena su teléfono, quiere atenderlo sin dejar de avanzar pero pierde el equilibrio y las botellas acaban dibujando una alfombra roja de añicos de cristal. Tú, que lo has visto todo, le esputas  toda clase de puñales; todos son esquivados, menos uno. 

Escupes tu bilis sobre las palabras que más daño pueden hacerle:

—No me extraña que ningún hombre te haya querido. 

La misma rabia que llevas mascando semanas se apodera de ella que te propina una bofetada que deja muda la bodega y a ti sentado sobre una barrica con el rostro helado de realidad.

—Y ahora, me vas a contar qué puñetas te pasa, Gael —te exige.

Lloras. Lloras como el niño que todavía alberga tu cuerpo de hombre. Brotan lágrimas amargas de tus ojos pardos que se deslizan en silencio sobre tu rostro pecoso. Y cuando no te quedan lágrimas dentro, cuando la rabia anquilosada en la garganta se ha ido con ellas, hablas.  

—Llovía cuando nos despertamos. La luz de la ventana, las gotas tamboreando sobre los tejados, sobre el que nos cubría, sobre los que podíamos ver desde ese número 13 de Viale di Trastevere. 

 ¿Hay placer mayor que poder pasar una tarde lluviosa de primavera metido en la cama si sabes que tienes después toda la noche por delante, toda la vida por delante?

Nunca me había fijado en la longitud de sus pestañas, quizá nunca las había tenido tan cerca durante tanto tiempo y sin nada mejor que hacer. La parte final era prácticamente blanca, por eso parecían más pequeñas de lo que realmente eran. ¿Qué otras sorpresas tenía guardado su rostro? ¿Una nariz apolínea? No, a esa la conocía bien. ¿Un surco rosáceo que rodeaba sus labios y que los perfilaba de manera natural? Eso sí, eso lo descubrí sobre aquel colchón. También el resplandor de su piel, y  unas venas que dibujaban un cuello joven y vivo que se movía acompasado con el aire que entraba y salía de su ser. 

Despertó, con la misma paz con la que dormía. Me miró. No sonrió, no dijo nada, no hizo nada. Nos miramos. Durante un tiempo infinito nos veíamos abrir y cerrar los ojos, pestañear, y nada más. Estábamos asomados a un lugar hermoso nunca antes habitado. 

Podría haber deslizado su mano por debajo de las sábanas, podría haber buscado encender el fuego en mí, podría haberme besado o haberme hecho jurar un pacto de sangre si hubiera querido porque en aquel instante, en aquel lugar, yo me había rendido y mis ojos lo narraban. 

Debía llevar los seis meses del curso esperando aquel momento, debía haberse roto las entendederas conmigo, pero aquella tarde, en la que acabamos dormidos en la misma cama más por azar que por capricho, en la que yo me atreví a asomarme y a dejarme ver: se conformó con mirarme, con respirarme, con saborear mi presencia y mi quietud. Lo sé porque yo me preñé de todo ello también, y sentí más de lo que jamás antes había sentido sin necesidad de quitarme la ropa ni de ver su cuerpo desnudo.

Quedaban dos días para que terminaran las clases y todos regresáramos a nuestras casas, a nuestros países,  y no nos volviéramos a ver. Tampoco eso lo hablamos, pero cuando decidimos salir de aquella habitación, nos olvidamos de los amigos que durante aquellos seis meses habíamos considerado nuestra familia y nos bebimos Roma de la mano. 

Nunca la luz del Trastevere fue más cálida e intensa que aquella noche. Un aura del color de una vela blanca y pura nos envolvía mientras paseábamos por sus calles estrechas, mientras la alegría de la gente se adueñaba de nosotros, mientras la música brotaba improvisada en cualquier esquina. No sé si volveré a beber unos vinos como los de aquella velada o a saborear una burrata así. Porque no era el vino ni era el queso, era el amor.

Porque seis meses son suficientes si son en el lugar adecuado. 

Me contó y le escuché. Le conté y me escuchó. Reímos. Bailamos. Dibujamos el futuro que nos aguardaba. Y nos quisimos. Las horas que nos quedaban juntos, las pasamos mirándonos sin decir nada, acariciándonos sin rozarnos, besándonos sin ni siquiera movernos. No hubo sonrisas sagaces, ni miradas de esas que anuncian el principio de un encuentro más íntimo, solo hubo amor —confiesas. 

—¿Y qué narices haces aquí? —Regaña amorosa ella.

—Me faltó valor —admites abatido—. Porque el amor, se sella con dos labios que se juntan y se dicen lo que las palabras no alcanzan. Y yo no me atreví. Bajé la mirada y fingí que me sonaba el teléfono cuando intuí que se acercaba a besarme. Así que nos abrazamos, el mismo abrazo que pude darle a Maya, a Jason o al resto de aquellos con los que habíamos compartido seis meses de vida y la ciudad de Roma. Y me subí a un avión de vuelta a esta tierra.

A marchitar, como se marchita una flor a la que nunca llega el agua, acierta.

Le replicas que ella, tu madre, te necesita a su lado. Pero tu madre solo te necesita feliz, le da igual dónde.

 Bajas la mirada, huyes como huye un animal en peligro por el primer atajo que encuentra, al tiempo que protestas porque no comprende el tamaño del dilema al que asistes. 

Tu madre, aclara que el dilema es sencillo. Tú, Gael, has encontrado el amor pero te da miedo seguir tu destino y prefieres culparla a ella, a las tierras y a la bodega que tener el valor de saltar al vacío. Y como te asusta la realidad, sigues escondido en los cristales rotos y en el vino derramado. 

En la complejidad del asunto. 

—¿Qué es lo complicado?, dime, Gael. ¿Que quien tiene las pestañas largas y la nariz de un dios es un hombre? ¿Eso es lo complicado? 

Levantas la mirada porque no das crédito a lo que escuchas. Enfureces al verte desprovisto de velos y armaduras. Tu madre ha encontrado el tesoro escondido en el mapa secreto, aquel que tan bien custodiado creías tener, aquel que tanto miedo y vergüenza te provoca.

—No hijo, no. Eso no es lo complicado, lo complicado es que se te pase la vida sin vivirla.

Le reprochas que no finja que no le importa, porque no sabes qué otra cosa decir.

—Es que no me importa. Eres lo que tienes que ser, y así está bien. Esta casa, esta familia, es como nuestros vinos. Y en nuestros vinos, cuentan lo mismo las uvas más potentes que las más ligeras y sutiles. Importan igual, suman igual, las viñas más viejas que las más jóvenes. Nuestros vinos no serían lo que son si solo hubiera uva equilibrada, o uva de viña joven o uva de viña vieja. Nuestros vinos son como son porque nuestras viñas son como son: ¡porque nosotros somos como somos! Y así es perfecto, Gael. Y ni yo, ni el abuelo, ni tus tíos queremos que sea de otro modo, es así como te necesitamos, es así como sumas, es así como aportas. 

Lloras, pero ahora son lágrimas serenas, lágrimas que brotan desde un corazón que necesita que lo acunen los brazos de su madre.

Ella, que lo sabe, los extiende a modo de arrullo.

La abrazas y apoyas la cabeza sobre su pecho. Así, como cuando eras un niño, escuchando el latir de su corazón, notando las yemas de sus dedos entre tus cabellos,  acompasando tu respiración a la suya, le dices que tienes miedo.

Pero nada debes temer.

Porque llevas guardada en el pecho la brújula que ha de guiar tus pasos. Porque no te equivocarás de camino si vas:

 Donde el corazón te lleve.