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El Atardecer

Jacinto Meler vio por primera vez el mar cuando los huesos sobre los que habitaba ya eran demasiado frágiles para bracear nuevas aguas, cuando cada mañana era un regalo, cuando comprobar si podía abrir los ojos a nuevo día era tan vertiginoso y esperanzador como ver llorar las primeras lágrimas de savia a una cepa vieja y saber que, al menos, aguantaría una añada más. 

Siempre hubo un trujal que limpiar, un nuevo riego por llevar —a las Almunietas este año,  al Permisan al que viene —, una tormenta de piedra dispuesta a hacer añicos la uva, una caballería que herrar, una plaga a la que doblegar, un rento que pagar, un tejado que retejar. 

La vida que sacar adelante. 

A veces, si el trabajo no apuraba y el cielo estaba inmaculado de nubes, mientras picaba una cepa o deshojaba un majuelo, se daba el capricho de imaginar cómo sería. Se figuraba que sería algo así como si de sus suelos yesos desaparecieran las cepas y todo cuanto alcanzara su vista fuera una inmensidad blanquecina interrumpida solo por el horizonte.  Una inmensidad azul, pero inmensidad al fin y al cabo. 

Mas lo que Jacinto se encontró no se parecía a nada de lo que él había visto antes, aquello era imposible de imaginar desde su adusta existencia; ni la mente más lucida hubiera podido acertar a perfilar lo que era el mar. 

El mar rugía y sus tierras callaban. El mar iba y venía, y sus tierras permanecían impertérritas. El mar acariciaba al principio pero devoraba después, y sus tierras eran camino leal y firme.  Ni siquiera era azul. Descubrió que las olas que besaban la orilla no tenían color, las que la abandonaban se parecían más al verde que al color del cielo y que en el último punto donde la vista alcanzaba, el color no existía, el color, de haber tenido un nombre, se habría llamado abismo. 

Descubrió, además, que era capaz de teñirse de sol. De fundirse con el atardecer, de rendirse y preñarse de la sangre del astro de luz al chocar contra el horizonte. Pareciera, a los ojos de Jacinto, el naufragio de un velero cargado con  cientos de barricas de cabernet sauvignon.

Pero sí, había algo que era exactamente como él lo había imaginado: sus tierras, y ese mar, estaban allí cuando él llegó y seguirían estando cuando él se fuera. Formaban parte de la misma madre abnegada y generosa que siempre sonríe cuando vas a verla, que siempre guarda un retajo de vida bajo el mandil. 

Y eso le dio consuelo. 

Por vez primera, junto a la orilla, contempló un retrato de policromías perfectas. Un retrato compuesto de quince elementos que él mismo había dibujado con el discurrir de su vida pero que jamás había tenido tiempo de enmarcar; y para el cual, ahora, el sol y el agua confundidos en un mismo haz naranja, hacían de aristas.

Sobre una tumbona blanca, la menor de sus hijas, Cayetana, arañaba a la tarde los últimos rayos de sol. Serena, tranquila y bella se dejaba bañar de luz mientras su marido paseaba de la mano con sus tres pequeñas. Lejos quedaban los años en los que una bola de angustia anidaba en sus vísceras, lejos quedaba el tiempo en el que la culpa por no sentir la bodega como la sentían sus hermanos le devoraba las entrañas. Jacinto jamás la juzgó por ello, tampoco Josefa, su mujer. Para ellos, Cayetana era todos los colores inocentes que había en sus cuadros y que buena falta hacían en sus tierras del Norte. Pero eso tuvo que comprenderlo Cayetana a puro de noches en vela y arrugas en la frente en busca del trazo perfecto. 

A su lado, la mayor, Candela, sentada sobre la arena ataviada con un vestido blanco y un sombrero de paja, se rodeaba las rodillas con los brazos. Así, sin el mono de trabajo, sin las manos manchadas de tierra, Jacinto veía una mujer hermosa en la madurez de su vida, una mujer que, aunque en sus tierras no estaba llamada a germinar vida en pareja, se veía henchida de amor. Amor mayúsculo por la bodega, por la Tierra, por la finca, por su familia y por Gael. Amor que había sabido trasmitir a su hijo. De eso le hablaba a su hermana, de la paz que le producía saber que Gael había encontrado su puerto: un amor verdadero en el que anclar muy lejos de allí. 

Al tiempo, el pequeño, Braulio, se zambullía en el agua ajeno a cuánto le había enseñado a confiar en la vida a su padre. Porque durante muchos años, cuando lo veía jugar con el corazón de las mujeres, cuando lo observaba beberse la vida con ansia, Jacinto tuvo que confiar como confiaba en la Tierra que nunca deja sin nada, que si un año va seco, el siguiente va lluvioso. Tuvo que confiar como confiaba cuando plantaba una vid y sabía que el resto no le correspondía a él, le correspondía a la Tierra y a la providencia. Y la providencia estuvo de su parte; y de Braulio al final se apoderó el amor con nombre de mujer, y del amor brotó la vida. Un nieto que perpetuaría el apellido y dos que estaban en camino para hacer que los Meler llegaran a quince. Le gustaba esa idea a Jacinto, ser quince.

De fondo, completando ese cuadro perfecto, su mujer, Josefa, a pesar de sus torpes huesos, se sentaba en la orilla hacer castillos de arena que el mar engulliría en un par de horas, porque el amor por el nieto que portaría el apellido de la bodega le ganaba la batalla a sus articulaciones oxidadas de vida.  

Y él, que creía mirar la escena desde afuera pero que formaba parte de ella,  sintió al verlos, lo mismo que sentía cada vendimia cuando el último remolque de uva de la finca entraba en bodega. 

Sintió, que si ese era su último lloro, no importaba. 

Porque la cosecha ya estaba a salvo.